Jueves, 12 de Enero de 2012 16:01

En el Teatro Amazonas.. (M. Ons)

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'Teatro Amazonas', en Manaus 'Teatro Amazonas', en Manaus

Artículo de nuestro viajero (expedición Diciembre 2011) MANOLO ONS

  

El teatro de la Ópera del Amazonas es  un monumento al disparate: no sólo por la temeraria pretensión de levantar en la selva una copia del estilo de vida europeo de principios del siglo pasado y tratar de reproducir al milímetro unos modos de vida absolutamente ajenos al medio, sino también, en gran medida, por la propia construcción, un edificio rococó dotado de una cúpula brillante de un tamaño absolutamente desproporcionado en relación con la base que la sustenta.
 
Su interior tiene el encanto de ese mismo despropósito, comparable a contemplar el tránsito de un chirriante carro de vacas gallego por la Quinta Avenida de Nueva York.
 
Cuando lo visitamos, una mañana de Diciembre, nos sorprendió presenciar el ensayo de una joven orquesta compuesta por nativos, aunque no del todo porque entre ellos destacaban cuatro o cinco componentes de aspecto discordante. La atenta guía nos explicó que el gobierno había contratado con generosos retribuciones, entre otros, a una violinista bielorrusa, un flautista polaco y un director italiano para dar lustre a la orquesta y transmitir sus conocimientos a los jóvenes alumnos locales.
 
 Preparaban lo que iba a ser un concierto de Navidad y la verdad es que no sonaban nada mal. A nuestras preguntas acerca de la posibilidad de asistir a la actuación, entendimos que esa misma noche podríamos hacerlo, gratis et amore, con la única condición de asistir con vestimenta de gala tropical, a saber: no chanclas, no bermudas, no camiseta.
 
Así pues, ataviados con nuestras mejores galas, acudimos al concierto en el Teatro de la Ópera. Llegamos cuarenta y cinco minutos antes de la hora prevista y no tuvimos problema en ocupar unos magníficos asientos de platea. Si no estuviésemos perennemente aturdidos por el calor y la humedad amazónicos, tal vez nos hubiera causado sorpresa la naturaleza del público presente: una mezcla mayoritaria de señoras maduras con niños y niñas de corta edad. Y tampoco estuvimos atentos a la circulación de  unas hojas volanderas que anunciaban algo así como “cantata de Navidad”. Todo imputable sin duda a las altas temperaturas concurrentes con la profusa y contumaz colación de cerveza para afrontarlas.
 
Comienza el espectáculo, y al subir el telón contemplamos que el proscenio lo ocupan un grupo de grandes cajas envueltas en papel de regalo, y detrás, ocupando todo el fondo del escenario, un coro de voces mixtas: ellos vestidos con una saya blanca ribeteada de dorado que les daba un aire como de esclavos romanos de “peplum” de Cinecittá o tal vez de miembros de una secta evangélica; ellas con la misma túnica de color rojo o verde, según se tratase de sopranos o contraltos.
 
La joven orquesta no aparecía por ninguna parte, pero en fin, todo es posible en Brasil, más si cabe en el Amazonas y no digamos en el teatro de la ópera de Manaos. No obstante, empezamos a desconfiar si no nos habríamos colado en una preselección del extinto Festival de la OTI cuando salieron a escena dos presentadores absolutamente arquetípicos: El, un sexagenario galán de telenovela, vestido con esmoquin, bajito y regordete, que disimulaba la falta de estatura con un frondoso tupé de su cabellera blanca. Ella, una treintañera, antigua reina de belleza local, embutida en un traje de lamé dorado manifiestamente incapaz de contener la pasión desbordante de aquella joven matrona. Con intervenciones sucesivas, fueron introduciendo al público en el espíritu de la Navidad y la necesidad de recordar el nacimiento de un niño en Belén, y todo lo demás, ante lo cual salieron escena un grupo de jóvenes actores de la escuela de discapacitados manauara que iban a acompañar, en representación muda, las canciones de la coral o a la inversa, que tanto tiene.
 
Era tarde para huir. Nos habíamos colado en un espectáculo colegial cuando pretendíamos asistir a un concierto. No quedó más que asistir al acto de principio a fin. Y si el lector no me lo reprochase, tendría que reconocerle que tanta ingenuidad, formalismo cutre y cursilería cocidos juntos sin el menor rubor, me enternecieron.
 
No fue sólo el temerario repertorio de la coral, que pasaba sin solución de continuidad del “Adeste fideles” al “We are the World” y conseguía disimular sus carencias en los momentos corales pero desafinaba tristemente en la mayor parte de las actuaciones solistas, siendo acompañada sistemáticamente por las palmas de un público entregado. No; lo mejor fueron los jóvenes actores, entre ellos un mocetón fornido, con síndrome de Down, al que habían colocado en la espalda unas alitas de algodón diminutas manifiestamente insuficientes no ya para sostenerle en vuelo sino para la más mínima levitación. Este arcángel grandullón estaba acompañado por una Virgen María pequeñita y un San José espigado que era en sí mismo un espectáculo irrepetible. No sólo dirigía y animaba a sus compañeros continuamente, sino que los corregía cuando se equivocaban en el guión. Y ordenó, entre otras cosas, que el angelote saludara el nacimiento del niño alzando el brazo derecho en un auténtico y proverbial saludo romano. Sólo faltó que cantase el “Tomorrow belongs to me”. No contento con ello, cuando el coro entonaba el Aleluya de Haendel, cogió al bebé de su camastro y lo alzó por encima de su cabeza, ante lo cual el público empezó a aplaudir rabiosamente mientras el coro se desgañitaba para que Haendel pudiera imponer sus acordes sobre la algarabía.
 
Para terminar, salieron a escena para mostrar su reconocimiento a tan magno acto todos los jerarcas implicados, desde el director del coro hasta el gobernador de Manaos. Cuando parecía que todo estaba consumado, anunciaron la salida a escena del director artístico responsable de aquella atrocidad: un mariquita barrigón con más pluma que Rubén Darío, el cual con voz sonora animó al público a ponerse en pie y cantar el “Amigos para siempre”, lógicamente en portugués, cosa que todos hicimos al unísono con resultado digno de mejor empeño.
 
 Lejos de acabar ahí la cosa, San José, la Virgen, el angelote y demás compañeros de reparto comenzaron a saludar al público con amplias reverencias, ante lo cual el estruendo de aplausos se multiplicó. A la vista de este reconocimiento público, San José no pudo contenerse más y depositó un apasionado beso en los morros de la Virgen María. Fue la apoteosis final.
 
En fin, cosas del teatro de la ópera de Manaos, el mismo en el que dicen que, en los buenos tiempos del caucho, actuó el gran Caruso…
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