Martes, 15 de Junio de 2010 17:08

La selva que no duerme, Amazonas

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Nos deslizamos a través de la noche, bajo un toldo de estrellas, escuchando los sonidos de la selva. Estamos en la profundidad de la Amazonía brasileña, envueltos en una sonata de luna.

En la distancia las brillantes manchas de luz roja no pertenecen a un faro, sino al reflejo de los ojos un depredador, un caimán (jacaré). “La selva cobra vida por la noche.” dice Aguinaldo, nuestro guía, mientras navegamos a través de la oscuridad por la selva inundada, esquivando troncos y ramas de árboles sumergidos. Muy sigilosamente nos acercamos al objetivo, manteniendo firme el potente foco sobre los impactantes ojos del animal. En una maniobra para nosotros casi imperceptible, Aguinaldo desde la proa de la canoa, lanza su mano y extrae al pequeño caimán del agua. Aunque es una cría de nos más de 60 cm. de largo, impresiona. Su aspecto, su tacto, su incipiente dentadura… Lo suelta y seguimos navegando, hacia el barco base, con la silueta de la selva destacada por la luz de luna.

Fluyendo a lo largo de sus 6.700 kilómetros (esta cifra varía según las fuentes), desde los Andes nevados del Perú hasta el sur del Océano Atlántico, el Río Amazonas une países y es una cuerda de salvamento vital para el continente. Desde que los conquistadores españoles exploraron sus aguas hace cinco siglos en busca de oro y especias, esta selva ha permanecido como una frontera, tanto en los mapas físicos como en los mentales.

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