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Babio

Un mundo lleno de emociones

Se dice del Amazonas que es el 'pulmón de la Tierra'. Hablar de sus cifras y datos produce vértigo: una extensión de 6.700 kilómetros, con un promedio de ancho de 40 kilómetros; su cuenca, la selva amazónica, abarca una superficie de más de seis millones de kilómetros cuadrados, más de diez veces el tamaño de Francia; se estima que una quinta parte de todas las especies de aves del mundo se encuentran allí, estando identificados más de dos millones y medio de insectos...

Por todo esto, adentrarse en el Amazonas es una experiencia inolvidable, llena de sorpresas naturales y cubierta de una energía vital desbordante e indescriptible. Un viaje en el que la naturaleza atrapa los sentidos del viajero, y se muestra con todo su esplendor, su belleza, su inmensidad... Un mundo lleno de emociones. ¿Te atreves?

Manuel Babío

Mundo Amazonas

Amazonas
Viernes, 13 de Enero de 2012 11:47

Equilibrios inestables -1- (A. Salgado)

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Árbol APUÍ Árbol APUÍ

Artículo de nuestro viajero (expedición diciembre 2011) ALFONSO SALGADO.

 

La primera impresión sobre el Tucumá es la de un árbol de aspecto feroz que se defiende. Su tronco está cubierto de una especie de acne gigante en forma de espinas negras de unos 15cm de longitud, finas, durísimas y acabadas en punta. Y uno comprende rápido que el Tucumá evita el roce y rechaza la expresión “arrimarse a un árbol”, pues el Tucumá, como la selva, no admite confianzas.
 
A pesar de todo, uno llega a familiarizarse con este árbol acorazado de aspecto siniestro, aunque no tanto como para arrimarse a él. En la selva, antes de tocar conviene mirar. En la selva queda excluido el tacto descuidado. En la selva, uno aprende pronto a no arrimarse.
 
¿Cuál es la amenaza que preocupa al Tucumá?
 
La selva es un mundo de metáforas. El Apuí, por ejemplo, es un árbol parásito que tiene la costumbre de arrimarse en exceso. Oculta sus intenciones en principio, pero el Apuí sólo tiene un objetivo: ocupar el lugar de su victima, a la que elige de entre los árboles más robustos de la mata. El Apuí los abraza y literalmente los escala, debilitándolos poco a poco y consumiéndolos sin remedio. Se desconoce en qué momento la víctima se percata de las verdaderas intenciones de este árbol asesino, pero para cuando esto sucede, el abrazo del Apuí es irreversible. Zalamero y mentiroso, el Apuí se sale con la suya.
 
Con todo, a mi me gusta buscarle el sentido a la actitud de este árbol traidor, y encontrarle una disculpa a este comportamiento despreciable. El Apuí, como las demás especies de este medio imposible, es un superviviente que busca un atajo.
 
En la selva no hay vacantes y apenas espacio libre. Un brote verde, paradójicamente, lo tiene crudo para prosperar, y depende del azar antes que de su empeño. El Apuí no tiene paciencia ni tiempo que perder: comprende su hábitat y prefiere abreviar. Elige a su victima, la engaña y ocupa su lugar.
 
Cuentan que en cierta ocasión, cuando la selva era joven, el Tucumá sucumbió una vez al abrazo traidor del Apuí. El Tucumá perdió en aquella ocasión vida y hacienda a manos de su amigo el parásito. Juró vengarse, y desde entonces se acoraza con un traje de espinas que es un recuerdo permanente de aquellos tiempos pretéritos en los que el Tucumá era joven y confiado.
 
Con todo, nadie escarmienta en cabeza ajena, y el resto de los árboles siguen prestando atención a las gracias interesadas de este parásito vegetal. No aprenden del Tucumá, al que tienen por un compañero poco sociable. Para cuando quieren darse cuenta ya es tarde y una vez más son despojados, como antaño el Tucumá, de vida y propiedades.
 
La naturalidad de la selva no es nada natural. Cada planta elige un sentido y se especializa, a su manera, en oposición a él. Y así, de manera general, al sentido del gusto le corresponden los venenos; al del tacto, las púas y los pinchos; al olfato, los olores intensos y desagradables; a la vista, los colores llamativos que chillan el peligro. Ahora bien, entre toda esta variedad de amenazas, suficiente para conformar un basto ejército de percepciones, abundan también las propiedades balsámicas. Como si cada peligro o amenaza salvaje tuviese a su vez su correlato balsámico o justo contrapunto en alguna otra parte de la selva. Y es que la selva, comprende uno, es de alguna forma un catálogo de opuestos, un sinfín de sustancias pendulares que se equilibran y se comprenden y se contrarrestan. Y al fin, como este ámbito salvaje rebosa equilibrio, uno sospecha que seguramente, una vez hechas todas las sumas y las restas, estos cientos, millares de opuestos, alcanzan finalmente un total neutro, equidistante entre unos y otros, equilibrado. Y tal vez sea que el sentido de tal ecosistema venga dado por este permanente y necesario equilibrio entre las fuerzas de un lado y del otro, como condición indispensable para la existencia de este fascinante medio, en clamorosa metáfora de lo qué es la vida, aquí y en todas partes. En la selva, concluyo, nada sobra. Tampoco el abrazo del Apuí sin las espinas del Tucumá.
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