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Babio

Un mundo lleno de emociones

Se dice del Amazonas que es el 'pulmón de la Tierra'. Hablar de sus cifras y datos produce vértigo: una extensión de 6.700 kilómetros, con un promedio de ancho de 40 kilómetros; su cuenca, la selva amazónica, abarca una superficie de más de seis millones de kilómetros cuadrados, más de diez veces el tamaño de Francia; se estima que una quinta parte de todas las especies de aves del mundo se encuentran allí, estando identificados más de dos millones y medio de insectos...

Por todo esto, adentrarse en el Amazonas es una experiencia inolvidable, llena de sorpresas naturales y cubierta de una energía vital desbordante e indescriptible. Un viaje en el que la naturaleza atrapa los sentidos del viajero, y se muestra con todo su esplendor, su belleza, su inmensidad... Un mundo lleno de emociones. ¿Te atreves?

Manuel Babío

Mundo Amazonas

Amazonas
Viernes, 20 de Enero de 2012 18:03

La noche del 'jacaré'

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'Piranha preta' 'Piranha preta'

Articulo de nuestro viajero MANOLO ONS.

A las pobres pirañas les persigue una leyenda maldita. No sé si el mito de su supuesta perversidad nace de que no respeta la abstinencia, toda vez que la carne de res constituye el cebo más habitual para su captura, o más bien, y eso me temo, de su evidente fealdad física que, siguiendo la tradición jesuítica, lleva al común de los mortales a ser identificada con la vileza espiritual.
 
La piraña es el Quasimodo de los peces, hasta tal punto que como aquél, porta una infamante joroba o chepa.
 
Lo cierto es que el animalito sólo ataca cuando está acorralado y hambriento o cuando sus sentidos se embriagan con el olor de la sangre vertida en el agua. A falta de estas circunstancias, uno puede bañarse -como ha tenido ocasión de hacer el viajero- en un río infestado de estos peces y salir aparentemente ileso.
 
También es cierto que la piraña, especialmente la denominada “negra” y la “ojo de fuego”, está dotada de una poderosa dentadura que puede causar que un pescador poco ducho o descuidado pierda un dedo al tratar de soltarla del anzuelo. No obstante, en nuestra temeraria incursión piscícola lo único que corrió verdadero riesgo fue la oreja izquierda de Alfonso cuando Manolo Babío, emocionado con su captura, hizo volar a pocos centímetros de ella una gran piraña negra con las fauces abiertas.
 
Pero su injusta fama hace que la, por otra parte, sencilla pesca de la piraña constituya una inexcusable actividad turística en la visita al Amazonas. Y ciertamente si esto tiene lugar en las paradisíacas Islas Anavilhanas, concurre un factor añadido de atractivo insuperable: Las Anavilhanas constituyen un inmenso archipiélago en el río Negro, afluente del Amazonas (o Solimoes) por su vertiente Norte. Las aguas del río que, por su escasa pendiente, discurren con lentitud parsimoniosa, prácticamente se estancan a su paso por esta multitud de islas apenas tocadas por la mano del hombre y que constituyen refugio natural de toda clase de animales y plantas.
 
En el río, a esas horas de la tarde, se imponen varias sensaciones concurrentes: el calor húmedo que produce una continua transpiración de los cuerpos, más aún si están permanentemente embadurnados de un eficaz pero pringoso repelente contra insectos; la contemplación maravillada de un paisaje que no es el jardín del edén pero, en la distancia, lo parece; el aire detenido sobre las aguas remansadas, como muertas; y los ruidos: el canto del arara o del “capitán do mato” y, cuando la “voadeira” en que nos desplazamos se detiene en un punto de pesca, un gruñido sordo que no es otra cosa que los sonidos que los enjambres de peces emiten bajo el agua.
 
Luego, a nuestro retorno al Jesus Cristo I, el paquebote en que nos alojamos, la cocinera de a bordo prepara nuestras capturas y durante la cena damos cumplida cuenta de piraña “grelhada”, frita y en “caldeirada”.
 
Ya entrada la noche, comenzamos la verdadera aventura que nos ha traído hasta aquí: el avistamiento y captura del yacaré.
 
El yacaré se captura por “focagem”, es decir, por deslumbramiento. Navegando en silencio a bordo de un bote por ramas secundarias del río principal, nuestro guía enfoca una potente linterna hacia las márgenes donde, de tiempo en tiempo, se dejan ver dos deslumbrantes ojos de un intenso color rojo. Una vez identificado el objetivo, se mantiene el foco de luz sobre los ojos del animal, que queda ciego y momentáneamente aturdido. Es la ocasión para que, con un rápido movimiento, el experto guía lo agarre por el cuello y lo suba a bordo.
 
Se trata de un ejemplar de casi un metro de longitud al que atamos rápidamente las fauces con una cuerda. Así, indefenso, va pasando de mano en mano de los viajeros que observan con admiración su dura coraza tornasolada con manchas azules contrastando fuertemente con la palidez y tersura de la piel de la panza. Constituye un extraño placer sostener en tus brazos un animal tan atractivo, de modo que se comentan con emoción las sensaciones de cada uno y se hacen fotos para alardear a la vuelta a casa.
 
Finalmente, sin causarle daño alguno, el animal es liberado y se sumerge rápidamente. Jamás permitirá que lo capturen de nuevo. Nos alegra pensar que tal vez así se libre de quedar convertido en pellejo para zapatos de Prada o bolsos de Loewe.
 
Ahora, de vuelta al barco, los viajeros, cansados y satisfechos, reposan sentados en sillas inclinadas hacia atrás con los pies apoyados en la borda de la segunda cubierta del Jesus Cristo I que descansa plácidamente amarrado a la ribera del igarapé.
 
Bajo un firmamento cuajado de constelaciones desconocidas presidido en su cenit por una luna oronda, escuchan en silencio una grabación de La Traviata en un ipad de última generación mientras consumen pacientemente, a ritmo tropical, una cerveza tras otra y alguno piensa, dejándose mecer por los compases de Verdi mezclados con la sinfonía de la selva nocturna y el bajo continuo de una tormenta que restalla a los lejos, que esta escena bien podría ser una chaladura digna de Fitzcarraldo o de Lope de Aguirre. Y cuando finalmente, vencidos por el sueño, se disponen a recogerse en sus hamacas, jurarían por lo más sagrado que sobre la superficie remansada del río asomaban una docena de tizones rojos. Eran otros tantos ojos de los hermanos de nuestro yacaré, observándonos entre perplejos y fascinados, que  habían acudido al reclamo irresistible de la garganta de una prima donna vibrando en la profundidad de la noche de la selva esmeralda.  

 

 

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