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Babio

Un mundo lleno de emociones

Se dice del Amazonas que es el 'pulmón de la Tierra'. Hablar de sus cifras y datos produce vértigo: una extensión de 6.700 kilómetros, con un promedio de ancho de 40 kilómetros; su cuenca, la selva amazónica, abarca una superficie de más de seis millones de kilómetros cuadrados, más de diez veces el tamaño de Francia; se estima que una quinta parte de todas las especies de aves del mundo se encuentran allí, estando identificados más de dos millones y medio de insectos...

Por todo esto, adentrarse en el Amazonas es una experiencia inolvidable, llena de sorpresas naturales y cubierta de una energía vital desbordante e indescriptible. Un viaje en el que la naturaleza atrapa los sentidos del viajero, y se muestra con todo su esplendor, su belleza, su inmensidad... Un mundo lleno de emociones. ¿Te atreves?

Manuel Babío

Mundo Amazonas

Amazonas
Sábado, 11 de Febrero de 2012 20:21

Equilibrios inestables -2- (A. Salgado)

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De lado, un solo ojo nos observa, fijo, concentrado, expectante. Sin párpados, esta mirilla telescópica que abarca ciento ochenta grados se cierra lateralmente, como por una ventana oculta y corredera. El jacaré, agarrado fuertemente por el cuello, medita inmóvil sobre nuestras rodillas. Su cuerpo, de nadador consumado, se prolonga en una cola dentada que le conduce y le impulsa en el agua; las extremidades, útiles tan solo para desplazarse en tierra, esconden su potencial: aunque pequeñas, permiten al animal caminar y aún correr, pues este reptil esconde un cambio de ritmo descomunal que coge por sorpresa a sus víctimas terrestres, con el hombre incluido. Las patas traseras son palmeadas, de cuatro dedos; las delanteras, manos con cinco dedos no palmeados. La piel superior, durísima, acomoda multitud de tonos, aunque predominan los marrones, beiges y negros: una combinación perfecta para camuflarse en el igapó, el hogar preferido del jacaré y donde mejor da rienda suelta a sus instintos depredadores.
 
El Jacaré permanece sumergido y al acecho en el igapó, la parte inundada de la selva amazónica. Un bicho raro el Jacaré, pues gusta de las letras: el gran lagarto conoce tan sólo dos palabras pero las usa con fluidez, y si se le llama, el jacaré no se hace esperar y educado responde. Conviene, con todo, no fiarse de la respuesta del jacaré, pues cuando este caimán entabla una conversación lo hace con segundas intenciones: acto seguido y sin más preámbulos, saldrá disparado a por su presa. Conviene estar alerta y no dejarse engañar por la respuesta amable del jacaré.
 
Los nenúfares gigantes descansan sobre el agua, bellísimos, como enormes bandejas de colores dispuestas para una cena. Una extraña calma nos rodea: la charca está tranquila en medio del raro silencio. En la selva, el silencio se hace notar, pues sólo la amenaza lo propicia; la inminencia de un peligro cierto que hace a los animales contener el aliento, como espectadores inquietos de una función ya conocida...
 
Una extraña asociación de ideas me incomoda: charca, nenúfares, bandeja, cena, silencio, espectadores, aliento, función... Las palabras se agolpan en mi cabeza como piezas de un puzzle por componer, como parte de un ejercicio escolar de redacción: “La cena está dispuesta..., los espectadores contienen el aliento..., comienza la función”.
 
Anand, nuestro guía, interrumpe de golpe mis cavilaciones con un inquietante consejo, para él un axioma: “En el igapó, -dice- si el jacaré viene hacia ti, permanece quieto y no te muevas: el animal dará media vuelta y no te atacará”. Estamos en el igapó y esto es el reino de su majestad el jacaré, el caimán del Amazonas.
 
Anand toma aliento, se lleva las manos a la boca, y llama a la fiera en su idioma...
 
Se suele decir que cuando se sabe qué es lo que va a pasar es que no va a pasar nada. Con todo, a mí me parece que la selva es el reino de lo imprevisto, y aquí siempre puede pasar cualquier cosa. Por mi parte, confío en Anand, pero por si acaso, me apresuro a interrumpir la llamada e insistirle en una alternativa. Y Anand, paciente y comprensivo, me contesta: “Escapa rápido y en zigzag, pues en línea recta, la bestia te alcanzará”.
 
En la selva no abundan las segundas oportunidades, pero cuando se presentan suponen un inmenso caudal de experiencia, un nuevo conocimiento que se incorpora al bagaje del afortunado. En cierta forma, tras cada nueva oportunidad, tras haberse librado, por azar o por audacia, de un peligro cierto, la evolución da un salto, pues el nuevo conocimiento adquirido se incorpora al código genético del afortunado. Es decir, que cuanto más cerca se esté de morir, más cerca se estará de sobrevivir, en extraña paradoja que sorprende por su lógica aplastante: supera una vez el peligro y mejora.
 
En la mata, en este ecosistema cruel de enfrentamientos al límite, las segundas oportunidades se pagan caras, tanto así que constituyen un verdadero filtro en el continuo y sucesivo proceso de la evolución de las especies. En la mata no está permitido quedarse atrás, en la selva conviene estar al día. Es la ley de la naturaleza: el mejor permanece.
 
Ya de vuelta, en el barco, Anand nos aclara con más calma la riqueza léxica del lenguaje de los jacarés:
 
Una sola sílaba distingue al jacaré joven: “UMM”, con la “M” aspirante y prolongada, nos habla de un bicho por debajo de los dos metros, alguien con quien, llegado el caso, tal vez se pueda hablar. El jacaré adulto, sin embargo, es otra cosa. Resabiado, no duda en responder: un bisilábico “MO-UUA”, es la expresión preferida de una fiera de hasta cinco metros de longitud, galante y educada, aunque voraz y rapidísima.
 
Y de pronto, frente a la sonrisa pícara de Anand, caigo en la cuenta: no me suena eso de “UMM”...
 
Se suele decir que la ausencia de incidentes limita el conocimiento. Permanezco, pues, ignorante, aunque aliviado... Y me persiste la duda: pararme o correr, quedarme o huir. Y concluyo que tal vez algún día, este turista compruebe al fin... la verdadera velocidad del jacaré.
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