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Babio

Un mundo lleno de emociones

Se dice del Amazonas que es el 'pulmón de la Tierra'. Hablar de sus cifras y datos produce vértigo: una extensión de 6.700 kilómetros, con un promedio de ancho de 40 kilómetros; su cuenca, la selva amazónica, abarca una superficie de más de seis millones de kilómetros cuadrados, más de diez veces el tamaño de Francia; se estima que una quinta parte de todas las especies de aves del mundo se encuentran allí, estando identificados más de dos millones y medio de insectos...

Por todo esto, adentrarse en el Amazonas es una experiencia inolvidable, llena de sorpresas naturales y cubierta de una energía vital desbordante e indescriptible. Un viaje en el que la naturaleza atrapa los sentidos del viajero, y se muestra con todo su esplendor, su belleza, su inmensidad... Un mundo lleno de emociones. ¿Te atreves?

Manuel Babío

Mundo Amazonas

Amazonas
Miércoles, 21 de Julio de 2010 19:07

Amazonas, décimo asalto

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El gran puente sobre el río Negro va a permitir alcanzar objetivos muy codiciados El gran puente sobre el río Negro va a permitir alcanzar objetivos muy codiciados Foto de El Correo Gallego

Artículo publicado por nuestro amigo Olimpio Pérez, en El Correo Gallego

Se está librando un combate para expoliar las riquezas de la selva del Amazonas. Este combate es secular; se inició cuando los españoles conquistadores arropados de ambición y de una valentía inconcebible hoy, armaron la expedición de Gonzalo Pizarro y Orellana, y se atrevieron a ultrapasar la cordillera de los Andes en pos de los míticos reinos de El Dorado y de La Canela. Ya han transcurrido 468 años, años de conquista, de intentos de conquista, con mayor o menor intensidad hasta el día de hoy. Y con todo, resiste la inmensa selva la voracidad del hombre blanco, del hombre occidental, con una eficacia fascinante.

Pero estamos en el siglo XXI. El arsenal tecnológico es ahora espectacular. Las comunicaciones, el conocimiento, sirven a la avaricia ilimitada de nuestra cultura. Los conceptos de globalización, protección de las selvas, preocupación –frívola– por lo verde, justifican cualquier intervención. A la vez, la evangelización o cualquier pastoreo espiritual, la coladera de las ONG y todas otras acciones camufladas de un paternalismo indecente, siguen haciendo con eficacia su labor de penetración troyana, encubriendo frecuentemente intereses geopolíticos o macroeconómicos, o simplemente económicos. La presión es, lógicamente, constante y en todos los frentes imaginables.

Se pretende expoliar los árboles seculares, arrasar las florestas para plantaciones y granjerías, esquilmar los peces de los ríos, extraer a cualquier coste de vida o ambiental sus minerales, apropiarse de los conocimientos curativos y de los extractos y drogas más sorprendentes a cualquier coste... Instalarse, apropiarse, desplazar, aniquilar..., hasta incluso hacerse dueño de las almas de los moradores con invasiones religiosas de las más diversas índoles, usando todos los recursos posibles. Todo sin reparo alguno, sin pudor, sin medida, sin atisbo de ética, sin respeto alguno por el carácter de santuario ecológico que debería tener ni, por
supuesto, por la dignidad ni la vida de sus ancestrales y actuales moradores.

Esto, a lo largo de los últimos siglos. Pero increíble: la floresta resiste. A sus dificultades físicas se suman las distancias, a veces las inundaciones, las plagas y las epidemias que desata, que frenan la agresión.
Localmente, desaceleran o hacen retroceder la "curva invasora". Para una operación de ocupación y conquista como ésta, las infraestructuras de comunicación y transporte son fundamentales y, más aún, para la consiguiente extracción y retirada de sus riquezas naturales. Las vías de comunicación rodadas son esenciales. En la Amazonía, hoy en día, todavía son escasas. En la historia reciente, gigantescos proyectos fueron frenados: el ferrocarril Madeira-Mamoré murió como proyecto ferroviario de principios del siglo XX. Nunca concluido, después de sepultar un hombre por cada traviesa colocada, fracasó. La rodovía (carretera) estratégica de Portovelho hacia el este a la búsqueda de Manaus a 2.000 kilómetros sigue sin ser practicable, víctima periódica de la selva que la desmembra; proyecto de mediados del siglo XX, nunca consigue estar asfaltada en su totalidad.

Manaus, la mítica, es la ciudad capital del Estado. Es como una isla. Una urbe enorme en medio de la selva amazónica. Crece a una velocidad tremenda, en 60 años pasó de 160.000 a 2.500.000 habitantes. Incorporan, con una alta natalidad e inmigración, sobre de los sertões nordestitos –áreas semidesérticas de los estados de Bahía, Pernambuco, etc.– unos 200.000 nuevos habitantes/año en los últimos tiempos. Es una bomba cercada por el medio y por los ríos gigantescos, Negro al norte y Amazonas al oeste. La única carretera de salida es la BR-174, que Manolo Babío y yo conocimos aún sin pavimento alguno, en tierra, con puentes de gigantescos troncos pareados, en el año 1995, meramente explanada. En ella se aventuraban incluso los camiones de largas distancias en azarosas travesías hacia el norte.

Hoy, asfaltada en toda su longitud, aunque con una superficie estropeada, atacada por el medio, permite el tráfico rodado hacia Venezuela y El Caribe. Atraviesa el área de los Waimirí-Atroarí, antes de llegar a Roraima, y tocando las tierras de los Yanomami, se aproxima a las Guayanas. Estratégica, es una victoria del espíritu de hombre blanco, de su codicia, sobre la gran mata, sobre la selva.

Pero Manaus llegó al año 2000 sin carreteras para el resto de los estados del Brasil, aislada, debiendo resignarse al transporte fluvial y aéreo.

Pero ahora crecen las estructuras del gran puente sobre el río Negro. Mientras observo cómo gigantescas barcazas transportan conjuntos de cubas de hormigón de forma ininterrumpida para consolidar los inacreditables pilotes de 2,20 metros de diámetro y camisa de acero, clavados en el fondo de su lecho a más de 60 metros de profundidad, recuerdo el escepticismo con el que Guillermo Atán y yo analizamos el proyecto del deseado puente sobre el río Negro mostrado para nosotros por el cónsul de España, don Modesto Nóvoa. La margen derecha, opuesta a Manaus, debe ser alcanzada en barco, lanchas rápidas –voadeiras de aluminio– y balsas transportadoras, siempre por agua. Así, con varios kilómetros de travesía, figura bastante inalcanzable. Los municipios de ese lado: Iranduba, Manacapurú, etc., nada tienen que ver con la urbana, industrializada y cosmopolita Manaus. Todo el sector comprendido entre El Negro y el imponente río Solimõ se ve así protegido ante las ansias de penetración y explotación. Más, en esta lucha, en este acoso y asedio tenaz, se construye el arma de ataque más eficiente del último medio siglo. Comparable en importancia al aeropuerto internacional de Manaus –el segundo en tráfico de mercancías de Brasil– o a la BR-174, el puente sobre el río Negro va a permitir alcanzar objetivos muy codiciados: 3.680 metros de cauce, 65 metros de profundidad en su zona central, todo con aguas en el nivel bajo. Velocidades increíbles. Casi 4 kilómetros de puente sobre un río tremendo que varía su nivel de aguas más allá de los 15 metros y sobre unas condiciones geológicas deficientísimas significan una obra colosal. Pero pone al alcance del centro de una ciudad de 40 kilómetros de diámetro un territorio ilimitado. Las consecuencias urbanísticas, sociales, económicas y ecológicas son impredecibles, pero, con certeza, extraordinarias. Riquezas madereras y recursos minerales serán extraídos con voracidad.

Gigantescas áreas vírgenes serán arrasadas para, con soja transgénica, producir biodiésel, pujante agronegocio que, además, tranquiliza nuestra ofuscada y superficial conciencia verde occidental, se desforestará para urbanizar quién sabe cuántos miles de hectáreas. Se quemarán y se talarán miles de kilómetros cuadrados de selva virgen en pocos años. "Van derrubar toda esa floresta", comenta con resignación Fran Riveiro desde la margen izquierda, mirando para la delgada línea verde, que es la selva en la lejanía de la orilla opuesta. Claro que va a significar un desenvolvimiento de la urbe, y el desarrollo explosivo de los núcleos de Iranduba y Manacapurú, Novo Airão, etc., que se convertirán en ciudades importantes en pocos años, conjuntando con Manaus una gigantesca área metropolitana que puede alcanzar en 10 años los 80 kilómetros de eje. Con gas natural a disposición (el gasoducto Coarí-Manaus garantiza el suministro para más de 100 años sin perforar más pozos), con un puerto extraordinario, capaz de recibir portacontenedores enormes, petroleros y trasatlánticos, con una interconexión de ciudades por vía fluvial sin problemas, con energía, con riquezas naturales difícilmente imaginables, y con una población de millones de personas jóvenes, superdinámicas, ambiciosas y capaces, en formación continua, es impresionante el potencial que se prepara.

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