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Babio

Un mundo lleno de emociones

Se dice del Amazonas que es el 'pulmón de la Tierra'. Hablar de sus cifras y datos produce vértigo: una extensión de 6.700 kilómetros, con un promedio de ancho de 40 kilómetros; su cuenca, la selva amazónica, abarca una superficie de más de seis millones de kilómetros cuadrados, más de diez veces el tamaño de Francia; se estima que una quinta parte de todas las especies de aves del mundo se encuentran allí, estando identificados más de dos millones y medio de insectos...

Por todo esto, adentrarse en el Amazonas es una experiencia inolvidable, llena de sorpresas naturales y cubierta de una energía vital desbordante e indescriptible. Un viaje en el que la naturaleza atrapa los sentidos del viajero, y se muestra con todo su esplendor, su belleza, su inmensidad... Un mundo lleno de emociones. ¿Te atreves?

Manuel Babío

Mundo Amazonas

Amazonas
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Viernes, 20 de Enero de 2012 18:03

La noche del 'jacaré'

Articulo de nuestro viajero MANOLO ONS.

A las pobres pirañas les persigue una leyenda maldita. No sé si el mito de su supuesta perversidad nace de que no respeta la abstinencia, toda vez que la carne de res constituye el cebo más habitual para su captura, o más bien, y eso me temo, de su evidente fealdad física que, siguiendo la tradición jesuítica, lleva al común de los mortales a ser identificada con la vileza espiritual.
 
La piraña es el Quasimodo de los peces, hasta tal punto que como aquél, porta una infamante joroba o chepa.
 
Lo cierto es que el animalito sólo ataca cuando está acorralado y hambriento o cuando sus sentidos se embriagan con el olor de la sangre vertida en el agua. A falta de estas circunstancias, uno puede bañarse -como ha tenido ocasión de hacer el viajero- en un río infestado de estos peces y salir aparentemente ileso.
 
También es cierto que la piraña, especialmente la denominada “negra” y la “ojo de fuego”, está dotada de una poderosa dentadura que puede causar que un pescador poco ducho o descuidado pierda un dedo al tratar de soltarla del anzuelo. No obstante, en nuestra temeraria incursión piscícola lo único que corrió verdadero riesgo fue la oreja izquierda de Alfonso cuando Manolo Babío, emocionado con su captura, hizo volar a pocos centímetros de ella una gran piraña negra con las fauces abiertas.
 
Pero su injusta fama hace que la, por otra parte, sencilla pesca de la piraña constituya una inexcusable actividad turística en la visita al Amazonas. Y ciertamente si esto tiene lugar en las paradisíacas Islas Anavilhanas, concurre un factor añadido de atractivo insuperable: Las Anavilhanas constituyen un inmenso archipiélago en el río Negro, afluente del Amazonas (o Solimoes) por su vertiente Norte. Las aguas del río que, por su escasa pendiente, discurren con lentitud parsimoniosa, prácticamente se estancan a su paso por esta multitud de islas apenas tocadas por la mano del hombre y que constituyen refugio natural de toda clase de animales y plantas.
 
En el río, a esas horas de la tarde, se imponen varias sensaciones concurrentes: el calor húmedo que produce una continua transpiración de los cuerpos, más aún si están permanentemente embadurnados de un eficaz pero pringoso repelente contra insectos; la contemplación maravillada de un paisaje que no es el jardín del edén pero, en la distancia, lo parece; el aire detenido sobre las aguas remansadas, como muertas; y los ruidos: el canto del arara o del “capitán do mato” y, cuando la “voadeira” en que nos desplazamos se detiene en un punto de pesca, un gruñido sordo que no es otra cosa que los sonidos que los enjambres de peces emiten bajo el agua.
 
Luego, a nuestro retorno al Jesus Cristo I, el paquebote en que nos alojamos, la cocinera de a bordo prepara nuestras capturas y durante la cena damos cumplida cuenta de piraña “grelhada”, frita y en “caldeirada”.
 
Ya entrada la noche, comenzamos la verdadera aventura que nos ha traído hasta aquí: el avistamiento y captura del yacaré.
 
El yacaré se captura por “focagem”, es decir, por deslumbramiento. Navegando en silencio a bordo de un bote por ramas secundarias del río principal, nuestro guía enfoca una potente linterna hacia las márgenes donde, de tiempo en tiempo, se dejan ver dos deslumbrantes ojos de un intenso color rojo. Una vez identificado el objetivo, se mantiene el foco de luz sobre los ojos del animal, que queda ciego y momentáneamente aturdido. Es la ocasión para que, con un rápido movimiento, el experto guía lo agarre por el cuello y lo suba a bordo.
 
Se trata de un ejemplar de casi un metro de longitud al que atamos rápidamente las fauces con una cuerda. Así, indefenso, va pasando de mano en mano de los viajeros que observan con admiración su dura coraza tornasolada con manchas azules contrastando fuertemente con la palidez y tersura de la piel de la panza. Constituye un extraño placer sostener en tus brazos un animal tan atractivo, de modo que se comentan con emoción las sensaciones de cada uno y se hacen fotos para alardear a la vuelta a casa.
 
Finalmente, sin causarle daño alguno, el animal es liberado y se sumerge rápidamente. Jamás permitirá que lo capturen de nuevo. Nos alegra pensar que tal vez así se libre de quedar convertido en pellejo para zapatos de Prada o bolsos de Loewe.
 
Ahora, de vuelta al barco, los viajeros, cansados y satisfechos, reposan sentados en sillas inclinadas hacia atrás con los pies apoyados en la borda de la segunda cubierta del Jesus Cristo I que descansa plácidamente amarrado a la ribera del igarapé.
 
Bajo un firmamento cuajado de constelaciones desconocidas presidido en su cenit por una luna oronda, escuchan en silencio una grabación de La Traviata en un ipad de última generación mientras consumen pacientemente, a ritmo tropical, una cerveza tras otra y alguno piensa, dejándose mecer por los compases de Verdi mezclados con la sinfonía de la selva nocturna y el bajo continuo de una tormenta que restalla a los lejos, que esta escena bien podría ser una chaladura digna de Fitzcarraldo o de Lope de Aguirre. Y cuando finalmente, vencidos por el sueño, se disponen a recogerse en sus hamacas, jurarían por lo más sagrado que sobre la superficie remansada del río asomaban una docena de tizones rojos. Eran otros tantos ojos de los hermanos de nuestro yacaré, observándonos entre perplejos y fascinados, que  habían acudido al reclamo irresistible de la garganta de una prima donna vibrando en la profundidad de la noche de la selva esmeralda.  

 

 

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Viernes, 13 de Enero de 2012 11:47

Equilibrios inestables -1- (A. Salgado)

Artículo de nuestro viajero (expedición diciembre 2011) ALFONSO SALGADO.

 

La primera impresión sobre el Tucumá es la de un árbol de aspecto feroz que se defiende. Su tronco está cubierto de una especie de acne gigante en forma de espinas negras de unos 15cm de longitud, finas, durísimas y acabadas en punta. Y uno comprende rápido que el Tucumá evita el roce y rechaza la expresión “arrimarse a un árbol”, pues el Tucumá, como la selva, no admite confianzas.
 
A pesar de todo, uno llega a familiarizarse con este árbol acorazado de aspecto siniestro, aunque no tanto como para arrimarse a él. En la selva, antes de tocar conviene mirar. En la selva queda excluido el tacto descuidado. En la selva, uno aprende pronto a no arrimarse.
 
¿Cuál es la amenaza que preocupa al Tucumá?
 
La selva es un mundo de metáforas. El Apuí, por ejemplo, es un árbol parásito que tiene la costumbre de arrimarse en exceso. Oculta sus intenciones en principio, pero el Apuí sólo tiene un objetivo: ocupar el lugar de su victima, a la que elige de entre los árboles más robustos de la mata. El Apuí los abraza y literalmente los escala, debilitándolos poco a poco y consumiéndolos sin remedio. Se desconoce en qué momento la víctima se percata de las verdaderas intenciones de este árbol asesino, pero para cuando esto sucede, el abrazo del Apuí es irreversible. Zalamero y mentiroso, el Apuí se sale con la suya.
 
Con todo, a mi me gusta buscarle el sentido a la actitud de este árbol traidor, y encontrarle una disculpa a este comportamiento despreciable. El Apuí, como las demás especies de este medio imposible, es un superviviente que busca un atajo.
 
En la selva no hay vacantes y apenas espacio libre. Un brote verde, paradójicamente, lo tiene crudo para prosperar, y depende del azar antes que de su empeño. El Apuí no tiene paciencia ni tiempo que perder: comprende su hábitat y prefiere abreviar. Elige a su victima, la engaña y ocupa su lugar.
 
Cuentan que en cierta ocasión, cuando la selva era joven, el Tucumá sucumbió una vez al abrazo traidor del Apuí. El Tucumá perdió en aquella ocasión vida y hacienda a manos de su amigo el parásito. Juró vengarse, y desde entonces se acoraza con un traje de espinas que es un recuerdo permanente de aquellos tiempos pretéritos en los que el Tucumá era joven y confiado.
 
Con todo, nadie escarmienta en cabeza ajena, y el resto de los árboles siguen prestando atención a las gracias interesadas de este parásito vegetal. No aprenden del Tucumá, al que tienen por un compañero poco sociable. Para cuando quieren darse cuenta ya es tarde y una vez más son despojados, como antaño el Tucumá, de vida y propiedades.
 
La naturalidad de la selva no es nada natural. Cada planta elige un sentido y se especializa, a su manera, en oposición a él. Y así, de manera general, al sentido del gusto le corresponden los venenos; al del tacto, las púas y los pinchos; al olfato, los olores intensos y desagradables; a la vista, los colores llamativos que chillan el peligro. Ahora bien, entre toda esta variedad de amenazas, suficiente para conformar un basto ejército de percepciones, abundan también las propiedades balsámicas. Como si cada peligro o amenaza salvaje tuviese a su vez su correlato balsámico o justo contrapunto en alguna otra parte de la selva. Y es que la selva, comprende uno, es de alguna forma un catálogo de opuestos, un sinfín de sustancias pendulares que se equilibran y se comprenden y se contrarrestan. Y al fin, como este ámbito salvaje rebosa equilibrio, uno sospecha que seguramente, una vez hechas todas las sumas y las restas, estos cientos, millares de opuestos, alcanzan finalmente un total neutro, equidistante entre unos y otros, equilibrado. Y tal vez sea que el sentido de tal ecosistema venga dado por este permanente y necesario equilibrio entre las fuerzas de un lado y del otro, como condición indispensable para la existencia de este fascinante medio, en clamorosa metáfora de lo qué es la vida, aquí y en todas partes. En la selva, concluyo, nada sobra. Tampoco el abrazo del Apuí sin las espinas del Tucumá.
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Jueves, 12 de Enero de 2012 16:01

En el Teatro Amazonas.. (M. Ons)

Artículo de nuestro viajero (expedición Diciembre 2011) MANOLO ONS

  

El teatro de la Ópera del Amazonas es  un monumento al disparate: no sólo por la temeraria pretensión de levantar en la selva una copia del estilo de vida europeo de principios del siglo pasado y tratar de reproducir al milímetro unos modos de vida absolutamente ajenos al medio, sino también, en gran medida, por la propia construcción, un edificio rococó dotado de una cúpula brillante de un tamaño absolutamente desproporcionado en relación con la base que la sustenta.
 
Su interior tiene el encanto de ese mismo despropósito, comparable a contemplar el tránsito de un chirriante carro de vacas gallego por la Quinta Avenida de Nueva York.
 
Cuando lo visitamos, una mañana de Diciembre, nos sorprendió presenciar el ensayo de una joven orquesta compuesta por nativos, aunque no del todo porque entre ellos destacaban cuatro o cinco componentes de aspecto discordante. La atenta guía nos explicó que el gobierno había contratado con generosos retribuciones, entre otros, a una violinista bielorrusa, un flautista polaco y un director italiano para dar lustre a la orquesta y transmitir sus conocimientos a los jóvenes alumnos locales.
 
 Preparaban lo que iba a ser un concierto de Navidad y la verdad es que no sonaban nada mal. A nuestras preguntas acerca de la posibilidad de asistir a la actuación, entendimos que esa misma noche podríamos hacerlo, gratis et amore, con la única condición de asistir con vestimenta de gala tropical, a saber: no chanclas, no bermudas, no camiseta.
 
Así pues, ataviados con nuestras mejores galas, acudimos al concierto en el Teatro de la Ópera. Llegamos cuarenta y cinco minutos antes de la hora prevista y no tuvimos problema en ocupar unos magníficos asientos de platea. Si no estuviésemos perennemente aturdidos por el calor y la humedad amazónicos, tal vez nos hubiera causado sorpresa la naturaleza del público presente: una mezcla mayoritaria de señoras maduras con niños y niñas de corta edad. Y tampoco estuvimos atentos a la circulación de  unas hojas volanderas que anunciaban algo así como “cantata de Navidad”. Todo imputable sin duda a las altas temperaturas concurrentes con la profusa y contumaz colación de cerveza para afrontarlas.
 
Comienza el espectáculo, y al subir el telón contemplamos que el proscenio lo ocupan un grupo de grandes cajas envueltas en papel de regalo, y detrás, ocupando todo el fondo del escenario, un coro de voces mixtas: ellos vestidos con una saya blanca ribeteada de dorado que les daba un aire como de esclavos romanos de “peplum” de Cinecittá o tal vez de miembros de una secta evangélica; ellas con la misma túnica de color rojo o verde, según se tratase de sopranos o contraltos.
 
La joven orquesta no aparecía por ninguna parte, pero en fin, todo es posible en Brasil, más si cabe en el Amazonas y no digamos en el teatro de la ópera de Manaos. No obstante, empezamos a desconfiar si no nos habríamos colado en una preselección del extinto Festival de la OTI cuando salieron a escena dos presentadores absolutamente arquetípicos: El, un sexagenario galán de telenovela, vestido con esmoquin, bajito y regordete, que disimulaba la falta de estatura con un frondoso tupé de su cabellera blanca. Ella, una treintañera, antigua reina de belleza local, embutida en un traje de lamé dorado manifiestamente incapaz de contener la pasión desbordante de aquella joven matrona. Con intervenciones sucesivas, fueron introduciendo al público en el espíritu de la Navidad y la necesidad de recordar el nacimiento de un niño en Belén, y todo lo demás, ante lo cual salieron escena un grupo de jóvenes actores de la escuela de discapacitados manauara que iban a acompañar, en representación muda, las canciones de la coral o a la inversa, que tanto tiene.
 
Era tarde para huir. Nos habíamos colado en un espectáculo colegial cuando pretendíamos asistir a un concierto. No quedó más que asistir al acto de principio a fin. Y si el lector no me lo reprochase, tendría que reconocerle que tanta ingenuidad, formalismo cutre y cursilería cocidos juntos sin el menor rubor, me enternecieron.
 
No fue sólo el temerario repertorio de la coral, que pasaba sin solución de continuidad del “Adeste fideles” al “We are the World” y conseguía disimular sus carencias en los momentos corales pero desafinaba tristemente en la mayor parte de las actuaciones solistas, siendo acompañada sistemáticamente por las palmas de un público entregado. No; lo mejor fueron los jóvenes actores, entre ellos un mocetón fornido, con síndrome de Down, al que habían colocado en la espalda unas alitas de algodón diminutas manifiestamente insuficientes no ya para sostenerle en vuelo sino para la más mínima levitación. Este arcángel grandullón estaba acompañado por una Virgen María pequeñita y un San José espigado que era en sí mismo un espectáculo irrepetible. No sólo dirigía y animaba a sus compañeros continuamente, sino que los corregía cuando se equivocaban en el guión. Y ordenó, entre otras cosas, que el angelote saludara el nacimiento del niño alzando el brazo derecho en un auténtico y proverbial saludo romano. Sólo faltó que cantase el “Tomorrow belongs to me”. No contento con ello, cuando el coro entonaba el Aleluya de Haendel, cogió al bebé de su camastro y lo alzó por encima de su cabeza, ante lo cual el público empezó a aplaudir rabiosamente mientras el coro se desgañitaba para que Haendel pudiera imponer sus acordes sobre la algarabía.
 
Para terminar, salieron a escena para mostrar su reconocimiento a tan magno acto todos los jerarcas implicados, desde el director del coro hasta el gobernador de Manaos. Cuando parecía que todo estaba consumado, anunciaron la salida a escena del director artístico responsable de aquella atrocidad: un mariquita barrigón con más pluma que Rubén Darío, el cual con voz sonora animó al público a ponerse en pie y cantar el “Amigos para siempre”, lógicamente en portugués, cosa que todos hicimos al unísono con resultado digno de mejor empeño.
 
 Lejos de acabar ahí la cosa, San José, la Virgen, el angelote y demás compañeros de reparto comenzaron a saludar al público con amplias reverencias, ante lo cual el estruendo de aplausos se multiplicó. A la vista de este reconocimiento público, San José no pudo contenerse más y depositó un apasionado beso en los morros de la Virgen María. Fue la apoteosis final.
 
En fin, cosas del teatro de la ópera de Manaos, el mismo en el que dicen que, en los buenos tiempos del caucho, actuó el gran Caruso…
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Miércoles, 21 de Julio de 2010 19:07

Amazonas, décimo asalto

Artículo publicado por nuestro amigo Olimpio Pérez, en El Correo Gallego

Se está librando un combate para expoliar las riquezas de la selva del Amazonas. Este combate es secular; se inició cuando los españoles conquistadores arropados de ambición y de una valentía inconcebible hoy, armaron la expedición de Gonzalo Pizarro y Orellana, y se atrevieron a ultrapasar la cordillera de los Andes en pos de los míticos reinos de El Dorado y de La Canela. Ya han transcurrido 468 años, años de conquista, de intentos de conquista, con mayor o menor intensidad hasta el día de hoy. Y con todo, resiste la inmensa selva la voracidad del hombre blanco, del hombre occidental, con una eficacia fascinante.

Pero estamos en el siglo XXI. El arsenal tecnológico es ahora espectacular. Las comunicaciones, el conocimiento, sirven a la avaricia ilimitada de nuestra cultura. Los conceptos de globalización, protección de las selvas, preocupación –frívola– por lo verde, justifican cualquier intervención. A la vez, la evangelización o cualquier pastoreo espiritual, la coladera de las ONG y todas otras acciones camufladas de un paternalismo indecente, siguen haciendo con eficacia su labor de penetración troyana, encubriendo frecuentemente intereses geopolíticos o macroeconómicos, o simplemente económicos. La presión es, lógicamente, constante y en todos los frentes imaginables.

Se pretende expoliar los árboles seculares, arrasar las florestas para plantaciones y granjerías, esquilmar los peces de los ríos, extraer a cualquier coste de vida o ambiental sus minerales, apropiarse de los conocimientos curativos y de los extractos y drogas más sorprendentes a cualquier coste... Instalarse, apropiarse, desplazar, aniquilar..., hasta incluso hacerse dueño de las almas de los moradores con invasiones religiosas de las más diversas índoles, usando todos los recursos posibles. Todo sin reparo alguno, sin pudor, sin medida, sin atisbo de ética, sin respeto alguno por el carácter de santuario ecológico que debería tener ni, por
supuesto, por la dignidad ni la vida de sus ancestrales y actuales moradores.

Esto, a lo largo de los últimos siglos. Pero increíble: la floresta resiste. A sus dificultades físicas se suman las distancias, a veces las inundaciones, las plagas y las epidemias que desata, que frenan la agresión.
Localmente, desaceleran o hacen retroceder la "curva invasora". Para una operación de ocupación y conquista como ésta, las infraestructuras de comunicación y transporte son fundamentales y, más aún, para la consiguiente extracción y retirada de sus riquezas naturales. Las vías de comunicación rodadas son esenciales. En la Amazonía, hoy en día, todavía son escasas. En la historia reciente, gigantescos proyectos fueron frenados: el ferrocarril Madeira-Mamoré murió como proyecto ferroviario de principios del siglo XX. Nunca concluido, después de sepultar un hombre por cada traviesa colocada, fracasó. La rodovía (carretera) estratégica de Portovelho hacia el este a la búsqueda de Manaus a 2.000 kilómetros sigue sin ser practicable, víctima periódica de la selva que la desmembra; proyecto de mediados del siglo XX, nunca consigue estar asfaltada en su totalidad.

Manaus, la mítica, es la ciudad capital del Estado. Es como una isla. Una urbe enorme en medio de la selva amazónica. Crece a una velocidad tremenda, en 60 años pasó de 160.000 a 2.500.000 habitantes. Incorporan, con una alta natalidad e inmigración, sobre de los sertões nordestitos –áreas semidesérticas de los estados de Bahía, Pernambuco, etc.– unos 200.000 nuevos habitantes/año en los últimos tiempos. Es una bomba cercada por el medio y por los ríos gigantescos, Negro al norte y Amazonas al oeste. La única carretera de salida es la BR-174, que Manolo Babío y yo conocimos aún sin pavimento alguno, en tierra, con puentes de gigantescos troncos pareados, en el año 1995, meramente explanada. En ella se aventuraban incluso los camiones de largas distancias en azarosas travesías hacia el norte.

Hoy, asfaltada en toda su longitud, aunque con una superficie estropeada, atacada por el medio, permite el tráfico rodado hacia Venezuela y El Caribe. Atraviesa el área de los Waimirí-Atroarí, antes de llegar a Roraima, y tocando las tierras de los Yanomami, se aproxima a las Guayanas. Estratégica, es una victoria del espíritu de hombre blanco, de su codicia, sobre la gran mata, sobre la selva.

Pero Manaus llegó al año 2000 sin carreteras para el resto de los estados del Brasil, aislada, debiendo resignarse al transporte fluvial y aéreo.

Pero ahora crecen las estructuras del gran puente sobre el río Negro. Mientras observo cómo gigantescas barcazas transportan conjuntos de cubas de hormigón de forma ininterrumpida para consolidar los inacreditables pilotes de 2,20 metros de diámetro y camisa de acero, clavados en el fondo de su lecho a más de 60 metros de profundidad, recuerdo el escepticismo con el que Guillermo Atán y yo analizamos el proyecto del deseado puente sobre el río Negro mostrado para nosotros por el cónsul de España, don Modesto Nóvoa. La margen derecha, opuesta a Manaus, debe ser alcanzada en barco, lanchas rápidas –voadeiras de aluminio– y balsas transportadoras, siempre por agua. Así, con varios kilómetros de travesía, figura bastante inalcanzable. Los municipios de ese lado: Iranduba, Manacapurú, etc., nada tienen que ver con la urbana, industrializada y cosmopolita Manaus. Todo el sector comprendido entre El Negro y el imponente río Solimõ se ve así protegido ante las ansias de penetración y explotación. Más, en esta lucha, en este acoso y asedio tenaz, se construye el arma de ataque más eficiente del último medio siglo. Comparable en importancia al aeropuerto internacional de Manaus –el segundo en tráfico de mercancías de Brasil– o a la BR-174, el puente sobre el río Negro va a permitir alcanzar objetivos muy codiciados: 3.680 metros de cauce, 65 metros de profundidad en su zona central, todo con aguas en el nivel bajo. Velocidades increíbles. Casi 4 kilómetros de puente sobre un río tremendo que varía su nivel de aguas más allá de los 15 metros y sobre unas condiciones geológicas deficientísimas significan una obra colosal. Pero pone al alcance del centro de una ciudad de 40 kilómetros de diámetro un territorio ilimitado. Las consecuencias urbanísticas, sociales, económicas y ecológicas son impredecibles, pero, con certeza, extraordinarias. Riquezas madereras y recursos minerales serán extraídos con voracidad.

Gigantescas áreas vírgenes serán arrasadas para, con soja transgénica, producir biodiésel, pujante agronegocio que, además, tranquiliza nuestra ofuscada y superficial conciencia verde occidental, se desforestará para urbanizar quién sabe cuántos miles de hectáreas. Se quemarán y se talarán miles de kilómetros cuadrados de selva virgen en pocos años. "Van derrubar toda esa floresta", comenta con resignación Fran Riveiro desde la margen izquierda, mirando para la delgada línea verde, que es la selva en la lejanía de la orilla opuesta. Claro que va a significar un desenvolvimiento de la urbe, y el desarrollo explosivo de los núcleos de Iranduba y Manacapurú, Novo Airão, etc., que se convertirán en ciudades importantes en pocos años, conjuntando con Manaus una gigantesca área metropolitana que puede alcanzar en 10 años los 80 kilómetros de eje. Con gas natural a disposición (el gasoducto Coarí-Manaus garantiza el suministro para más de 100 años sin perforar más pozos), con un puerto extraordinario, capaz de recibir portacontenedores enormes, petroleros y trasatlánticos, con una interconexión de ciudades por vía fluvial sin problemas, con energía, con riquezas naturales difícilmente imaginables, y con una población de millones de personas jóvenes, superdinámicas, ambiciosas y capaces, en formación continua, es impresionante el potencial que se prepara.

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Martes, 15 de Junio de 2010 17:08

La selva que no duerme, Amazonas

Nos deslizamos a través de la noche, bajo un toldo de estrellas, escuchando los sonidos de la selva. Estamos en la profundidad de la Amazonía brasileña, envueltos en una sonata de luna.

En la distancia las brillantes manchas de luz roja no pertenecen a un faro, sino al reflejo de los ojos un depredador, un caimán (jacaré). “La selva cobra vida por la noche.” dice Aguinaldo, nuestro guía, mientras navegamos a través de la oscuridad por la selva inundada, esquivando troncos y ramas de árboles sumergidos. Muy sigilosamente nos acercamos al objetivo, manteniendo firme el potente foco sobre los impactantes ojos del animal. En una maniobra para nosotros casi imperceptible, Aguinaldo desde la proa de la canoa, lanza su mano y extrae al pequeño caimán del agua. Aunque es una cría de nos más de 60 cm. de largo, impresiona. Su aspecto, su tacto, su incipiente dentadura… Lo suelta y seguimos navegando, hacia el barco base, con la silueta de la selva destacada por la luz de luna.

Fluyendo a lo largo de sus 6.700 kilómetros (esta cifra varía según las fuentes), desde los Andes nevados del Perú hasta el sur del Océano Atlántico, el Río Amazonas une países y es una cuerda de salvamento vital para el continente. Desde que los conquistadores españoles exploraron sus aguas hace cinco siglos en busca de oro y especias, esta selva ha permanecido como una frontera, tanto en los mapas físicos como en los mentales.

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