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Babio

Un mundo lleno de emociones

Se dice del Amazonas que es el 'pulmón de la Tierra'. Hablar de sus cifras y datos produce vértigo: una extensión de 6.700 kilómetros, con un promedio de ancho de 40 kilómetros; su cuenca, la selva amazónica, abarca una superficie de más de seis millones de kilómetros cuadrados, más de diez veces el tamaño de Francia; se estima que una quinta parte de todas las especies de aves del mundo se encuentran allí, estando identificados más de dos millones y medio de insectos...

Por todo esto, adentrarse en el Amazonas es una experiencia inolvidable, llena de sorpresas naturales y cubierta de una energía vital desbordante e indescriptible. Un viaje en el que la naturaleza atrapa los sentidos del viajero, y se muestra con todo su esplendor, su belleza, su inmensidad... Un mundo lleno de emociones. ¿Te atreves?

Manuel Babío

Mundo Amazonas

Amazonas
Manuel Babío

Manuel Babío

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Sábado, 11 de Febrero de 2012 20:21

Equilibrios inestables -2- (A. Salgado)

 

De lado, un solo ojo nos observa, fijo, concentrado, expectante. Sin párpados, esta mirilla telescópica que abarca ciento ochenta grados se cierra lateralmente, como por una ventana oculta y corredera. El jacaré, agarrado fuertemente por el cuello, medita inmóvil sobre nuestras rodillas. Su cuerpo, de nadador consumado, se prolonga en una cola dentada que le conduce y le impulsa en el agua; las extremidades, útiles tan solo para desplazarse en tierra, esconden su potencial: aunque pequeñas, permiten al animal caminar y aún correr, pues este reptil esconde un cambio de ritmo descomunal que coge por sorpresa a sus víctimas terrestres, con el hombre incluido. Las patas traseras son palmeadas, de cuatro dedos; las delanteras, manos con cinco dedos no palmeados. La piel superior, durísima, acomoda multitud de tonos, aunque predominan los marrones, beiges y negros: una combinación perfecta para camuflarse en el igapó, el hogar preferido del jacaré y donde mejor da rienda suelta a sus instintos depredadores.
 
El Jacaré permanece sumergido y al acecho en el igapó, la parte inundada de la selva amazónica. Un bicho raro el Jacaré, pues gusta de las letras: el gran lagarto conoce tan sólo dos palabras pero las usa con fluidez, y si se le llama, el jacaré no se hace esperar y educado responde. Conviene, con todo, no fiarse de la respuesta del jacaré, pues cuando este caimán entabla una conversación lo hace con segundas intenciones: acto seguido y sin más preámbulos, saldrá disparado a por su presa. Conviene estar alerta y no dejarse engañar por la respuesta amable del jacaré.
 
Los nenúfares gigantes descansan sobre el agua, bellísimos, como enormes bandejas de colores dispuestas para una cena. Una extraña calma nos rodea: la charca está tranquila en medio del raro silencio. En la selva, el silencio se hace notar, pues sólo la amenaza lo propicia; la inminencia de un peligro cierto que hace a los animales contener el aliento, como espectadores inquietos de una función ya conocida...
 
Una extraña asociación de ideas me incomoda: charca, nenúfares, bandeja, cena, silencio, espectadores, aliento, función... Las palabras se agolpan en mi cabeza como piezas de un puzzle por componer, como parte de un ejercicio escolar de redacción: “La cena está dispuesta..., los espectadores contienen el aliento..., comienza la función”.
 
Anand, nuestro guía, interrumpe de golpe mis cavilaciones con un inquietante consejo, para él un axioma: “En el igapó, -dice- si el jacaré viene hacia ti, permanece quieto y no te muevas: el animal dará media vuelta y no te atacará”. Estamos en el igapó y esto es el reino de su majestad el jacaré, el caimán del Amazonas.
 
Anand toma aliento, se lleva las manos a la boca, y llama a la fiera en su idioma...
 
Se suele decir que cuando se sabe qué es lo que va a pasar es que no va a pasar nada. Con todo, a mí me parece que la selva es el reino de lo imprevisto, y aquí siempre puede pasar cualquier cosa. Por mi parte, confío en Anand, pero por si acaso, me apresuro a interrumpir la llamada e insistirle en una alternativa. Y Anand, paciente y comprensivo, me contesta: “Escapa rápido y en zigzag, pues en línea recta, la bestia te alcanzará”.
 
En la selva no abundan las segundas oportunidades, pero cuando se presentan suponen un inmenso caudal de experiencia, un nuevo conocimiento que se incorpora al bagaje del afortunado. En cierta forma, tras cada nueva oportunidad, tras haberse librado, por azar o por audacia, de un peligro cierto, la evolución da un salto, pues el nuevo conocimiento adquirido se incorpora al código genético del afortunado. Es decir, que cuanto más cerca se esté de morir, más cerca se estará de sobrevivir, en extraña paradoja que sorprende por su lógica aplastante: supera una vez el peligro y mejora.
 
En la mata, en este ecosistema cruel de enfrentamientos al límite, las segundas oportunidades se pagan caras, tanto así que constituyen un verdadero filtro en el continuo y sucesivo proceso de la evolución de las especies. En la mata no está permitido quedarse atrás, en la selva conviene estar al día. Es la ley de la naturaleza: el mejor permanece.
 
Ya de vuelta, en el barco, Anand nos aclara con más calma la riqueza léxica del lenguaje de los jacarés:
 
Una sola sílaba distingue al jacaré joven: “UMM”, con la “M” aspirante y prolongada, nos habla de un bicho por debajo de los dos metros, alguien con quien, llegado el caso, tal vez se pueda hablar. El jacaré adulto, sin embargo, es otra cosa. Resabiado, no duda en responder: un bisilábico “MO-UUA”, es la expresión preferida de una fiera de hasta cinco metros de longitud, galante y educada, aunque voraz y rapidísima.
 
Y de pronto, frente a la sonrisa pícara de Anand, caigo en la cuenta: no me suena eso de “UMM”...
 
Se suele decir que la ausencia de incidentes limita el conocimiento. Permanezco, pues, ignorante, aunque aliviado... Y me persiste la duda: pararme o correr, quedarme o huir. Y concluyo que tal vez algún día, este turista compruebe al fin... la verdadera velocidad del jacaré.
Viernes, 20 de Enero de 2012 18:03

La noche del 'jacaré'

Articulo de nuestro viajero MANOLO ONS.

A las pobres pirañas les persigue una leyenda maldita. No sé si el mito de su supuesta perversidad nace de que no respeta la abstinencia, toda vez que la carne de res constituye el cebo más habitual para su captura, o más bien, y eso me temo, de su evidente fealdad física que, siguiendo la tradición jesuítica, lleva al común de los mortales a ser identificada con la vileza espiritual.
 
La piraña es el Quasimodo de los peces, hasta tal punto que como aquél, porta una infamante joroba o chepa.
 
Lo cierto es que el animalito sólo ataca cuando está acorralado y hambriento o cuando sus sentidos se embriagan con el olor de la sangre vertida en el agua. A falta de estas circunstancias, uno puede bañarse -como ha tenido ocasión de hacer el viajero- en un río infestado de estos peces y salir aparentemente ileso.
 
También es cierto que la piraña, especialmente la denominada “negra” y la “ojo de fuego”, está dotada de una poderosa dentadura que puede causar que un pescador poco ducho o descuidado pierda un dedo al tratar de soltarla del anzuelo. No obstante, en nuestra temeraria incursión piscícola lo único que corrió verdadero riesgo fue la oreja izquierda de Alfonso cuando Manolo Babío, emocionado con su captura, hizo volar a pocos centímetros de ella una gran piraña negra con las fauces abiertas.
 
Pero su injusta fama hace que la, por otra parte, sencilla pesca de la piraña constituya una inexcusable actividad turística en la visita al Amazonas. Y ciertamente si esto tiene lugar en las paradisíacas Islas Anavilhanas, concurre un factor añadido de atractivo insuperable: Las Anavilhanas constituyen un inmenso archipiélago en el río Negro, afluente del Amazonas (o Solimoes) por su vertiente Norte. Las aguas del río que, por su escasa pendiente, discurren con lentitud parsimoniosa, prácticamente se estancan a su paso por esta multitud de islas apenas tocadas por la mano del hombre y que constituyen refugio natural de toda clase de animales y plantas.
 
En el río, a esas horas de la tarde, se imponen varias sensaciones concurrentes: el calor húmedo que produce una continua transpiración de los cuerpos, más aún si están permanentemente embadurnados de un eficaz pero pringoso repelente contra insectos; la contemplación maravillada de un paisaje que no es el jardín del edén pero, en la distancia, lo parece; el aire detenido sobre las aguas remansadas, como muertas; y los ruidos: el canto del arara o del “capitán do mato” y, cuando la “voadeira” en que nos desplazamos se detiene en un punto de pesca, un gruñido sordo que no es otra cosa que los sonidos que los enjambres de peces emiten bajo el agua.
 
Luego, a nuestro retorno al Jesus Cristo I, el paquebote en que nos alojamos, la cocinera de a bordo prepara nuestras capturas y durante la cena damos cumplida cuenta de piraña “grelhada”, frita y en “caldeirada”.
 
Ya entrada la noche, comenzamos la verdadera aventura que nos ha traído hasta aquí: el avistamiento y captura del yacaré.
 
El yacaré se captura por “focagem”, es decir, por deslumbramiento. Navegando en silencio a bordo de un bote por ramas secundarias del río principal, nuestro guía enfoca una potente linterna hacia las márgenes donde, de tiempo en tiempo, se dejan ver dos deslumbrantes ojos de un intenso color rojo. Una vez identificado el objetivo, se mantiene el foco de luz sobre los ojos del animal, que queda ciego y momentáneamente aturdido. Es la ocasión para que, con un rápido movimiento, el experto guía lo agarre por el cuello y lo suba a bordo.
 
Se trata de un ejemplar de casi un metro de longitud al que atamos rápidamente las fauces con una cuerda. Así, indefenso, va pasando de mano en mano de los viajeros que observan con admiración su dura coraza tornasolada con manchas azules contrastando fuertemente con la palidez y tersura de la piel de la panza. Constituye un extraño placer sostener en tus brazos un animal tan atractivo, de modo que se comentan con emoción las sensaciones de cada uno y se hacen fotos para alardear a la vuelta a casa.
 
Finalmente, sin causarle daño alguno, el animal es liberado y se sumerge rápidamente. Jamás permitirá que lo capturen de nuevo. Nos alegra pensar que tal vez así se libre de quedar convertido en pellejo para zapatos de Prada o bolsos de Loewe.
 
Ahora, de vuelta al barco, los viajeros, cansados y satisfechos, reposan sentados en sillas inclinadas hacia atrás con los pies apoyados en la borda de la segunda cubierta del Jesus Cristo I que descansa plácidamente amarrado a la ribera del igarapé.
 
Bajo un firmamento cuajado de constelaciones desconocidas presidido en su cenit por una luna oronda, escuchan en silencio una grabación de La Traviata en un ipad de última generación mientras consumen pacientemente, a ritmo tropical, una cerveza tras otra y alguno piensa, dejándose mecer por los compases de Verdi mezclados con la sinfonía de la selva nocturna y el bajo continuo de una tormenta que restalla a los lejos, que esta escena bien podría ser una chaladura digna de Fitzcarraldo o de Lope de Aguirre. Y cuando finalmente, vencidos por el sueño, se disponen a recogerse en sus hamacas, jurarían por lo más sagrado que sobre la superficie remansada del río asomaban una docena de tizones rojos. Eran otros tantos ojos de los hermanos de nuestro yacaré, observándonos entre perplejos y fascinados, que  habían acudido al reclamo irresistible de la garganta de una prima donna vibrando en la profundidad de la noche de la selva esmeralda.  

 

 

Viernes, 13 de Enero de 2012 11:47

Equilibrios inestables -1- (A. Salgado)

Artículo de nuestro viajero (expedición diciembre 2011) ALFONSO SALGADO.

 

La primera impresión sobre el Tucumá es la de un árbol de aspecto feroz que se defiende. Su tronco está cubierto de una especie de acne gigante en forma de espinas negras de unos 15cm de longitud, finas, durísimas y acabadas en punta. Y uno comprende rápido que el Tucumá evita el roce y rechaza la expresión “arrimarse a un árbol”, pues el Tucumá, como la selva, no admite confianzas.
 
A pesar de todo, uno llega a familiarizarse con este árbol acorazado de aspecto siniestro, aunque no tanto como para arrimarse a él. En la selva, antes de tocar conviene mirar. En la selva queda excluido el tacto descuidado. En la selva, uno aprende pronto a no arrimarse.
 
¿Cuál es la amenaza que preocupa al Tucumá?
 
La selva es un mundo de metáforas. El Apuí, por ejemplo, es un árbol parásito que tiene la costumbre de arrimarse en exceso. Oculta sus intenciones en principio, pero el Apuí sólo tiene un objetivo: ocupar el lugar de su victima, a la que elige de entre los árboles más robustos de la mata. El Apuí los abraza y literalmente los escala, debilitándolos poco a poco y consumiéndolos sin remedio. Se desconoce en qué momento la víctima se percata de las verdaderas intenciones de este árbol asesino, pero para cuando esto sucede, el abrazo del Apuí es irreversible. Zalamero y mentiroso, el Apuí se sale con la suya.
 
Con todo, a mi me gusta buscarle el sentido a la actitud de este árbol traidor, y encontrarle una disculpa a este comportamiento despreciable. El Apuí, como las demás especies de este medio imposible, es un superviviente que busca un atajo.
 
En la selva no hay vacantes y apenas espacio libre. Un brote verde, paradójicamente, lo tiene crudo para prosperar, y depende del azar antes que de su empeño. El Apuí no tiene paciencia ni tiempo que perder: comprende su hábitat y prefiere abreviar. Elige a su victima, la engaña y ocupa su lugar.
 
Cuentan que en cierta ocasión, cuando la selva era joven, el Tucumá sucumbió una vez al abrazo traidor del Apuí. El Tucumá perdió en aquella ocasión vida y hacienda a manos de su amigo el parásito. Juró vengarse, y desde entonces se acoraza con un traje de espinas que es un recuerdo permanente de aquellos tiempos pretéritos en los que el Tucumá era joven y confiado.
 
Con todo, nadie escarmienta en cabeza ajena, y el resto de los árboles siguen prestando atención a las gracias interesadas de este parásito vegetal. No aprenden del Tucumá, al que tienen por un compañero poco sociable. Para cuando quieren darse cuenta ya es tarde y una vez más son despojados, como antaño el Tucumá, de vida y propiedades.
 
La naturalidad de la selva no es nada natural. Cada planta elige un sentido y se especializa, a su manera, en oposición a él. Y así, de manera general, al sentido del gusto le corresponden los venenos; al del tacto, las púas y los pinchos; al olfato, los olores intensos y desagradables; a la vista, los colores llamativos que chillan el peligro. Ahora bien, entre toda esta variedad de amenazas, suficiente para conformar un basto ejército de percepciones, abundan también las propiedades balsámicas. Como si cada peligro o amenaza salvaje tuviese a su vez su correlato balsámico o justo contrapunto en alguna otra parte de la selva. Y es que la selva, comprende uno, es de alguna forma un catálogo de opuestos, un sinfín de sustancias pendulares que se equilibran y se comprenden y se contrarrestan. Y al fin, como este ámbito salvaje rebosa equilibrio, uno sospecha que seguramente, una vez hechas todas las sumas y las restas, estos cientos, millares de opuestos, alcanzan finalmente un total neutro, equidistante entre unos y otros, equilibrado. Y tal vez sea que el sentido de tal ecosistema venga dado por este permanente y necesario equilibrio entre las fuerzas de un lado y del otro, como condición indispensable para la existencia de este fascinante medio, en clamorosa metáfora de lo qué es la vida, aquí y en todas partes. En la selva, concluyo, nada sobra. Tampoco el abrazo del Apuí sin las espinas del Tucumá.
Jueves, 12 de Enero de 2012 16:01

En el Teatro Amazonas.. (M. Ons)

Artículo de nuestro viajero (expedición Diciembre 2011) MANOLO ONS

  

El teatro de la Ópera del Amazonas es  un monumento al disparate: no sólo por la temeraria pretensión de levantar en la selva una copia del estilo de vida europeo de principios del siglo pasado y tratar de reproducir al milímetro unos modos de vida absolutamente ajenos al medio, sino también, en gran medida, por la propia construcción, un edificio rococó dotado de una cúpula brillante de un tamaño absolutamente desproporcionado en relación con la base que la sustenta.
 
Su interior tiene el encanto de ese mismo despropósito, comparable a contemplar el tránsito de un chirriante carro de vacas gallego por la Quinta Avenida de Nueva York.
 
Cuando lo visitamos, una mañana de Diciembre, nos sorprendió presenciar el ensayo de una joven orquesta compuesta por nativos, aunque no del todo porque entre ellos destacaban cuatro o cinco componentes de aspecto discordante. La atenta guía nos explicó que el gobierno había contratado con generosos retribuciones, entre otros, a una violinista bielorrusa, un flautista polaco y un director italiano para dar lustre a la orquesta y transmitir sus conocimientos a los jóvenes alumnos locales.
 
 Preparaban lo que iba a ser un concierto de Navidad y la verdad es que no sonaban nada mal. A nuestras preguntas acerca de la posibilidad de asistir a la actuación, entendimos que esa misma noche podríamos hacerlo, gratis et amore, con la única condición de asistir con vestimenta de gala tropical, a saber: no chanclas, no bermudas, no camiseta.
 
Así pues, ataviados con nuestras mejores galas, acudimos al concierto en el Teatro de la Ópera. Llegamos cuarenta y cinco minutos antes de la hora prevista y no tuvimos problema en ocupar unos magníficos asientos de platea. Si no estuviésemos perennemente aturdidos por el calor y la humedad amazónicos, tal vez nos hubiera causado sorpresa la naturaleza del público presente: una mezcla mayoritaria de señoras maduras con niños y niñas de corta edad. Y tampoco estuvimos atentos a la circulación de  unas hojas volanderas que anunciaban algo así como “cantata de Navidad”. Todo imputable sin duda a las altas temperaturas concurrentes con la profusa y contumaz colación de cerveza para afrontarlas.
 
Comienza el espectáculo, y al subir el telón contemplamos que el proscenio lo ocupan un grupo de grandes cajas envueltas en papel de regalo, y detrás, ocupando todo el fondo del escenario, un coro de voces mixtas: ellos vestidos con una saya blanca ribeteada de dorado que les daba un aire como de esclavos romanos de “peplum” de Cinecittá o tal vez de miembros de una secta evangélica; ellas con la misma túnica de color rojo o verde, según se tratase de sopranos o contraltos.
 
La joven orquesta no aparecía por ninguna parte, pero en fin, todo es posible en Brasil, más si cabe en el Amazonas y no digamos en el teatro de la ópera de Manaos. No obstante, empezamos a desconfiar si no nos habríamos colado en una preselección del extinto Festival de la OTI cuando salieron a escena dos presentadores absolutamente arquetípicos: El, un sexagenario galán de telenovela, vestido con esmoquin, bajito y regordete, que disimulaba la falta de estatura con un frondoso tupé de su cabellera blanca. Ella, una treintañera, antigua reina de belleza local, embutida en un traje de lamé dorado manifiestamente incapaz de contener la pasión desbordante de aquella joven matrona. Con intervenciones sucesivas, fueron introduciendo al público en el espíritu de la Navidad y la necesidad de recordar el nacimiento de un niño en Belén, y todo lo demás, ante lo cual salieron escena un grupo de jóvenes actores de la escuela de discapacitados manauara que iban a acompañar, en representación muda, las canciones de la coral o a la inversa, que tanto tiene.
 
Era tarde para huir. Nos habíamos colado en un espectáculo colegial cuando pretendíamos asistir a un concierto. No quedó más que asistir al acto de principio a fin. Y si el lector no me lo reprochase, tendría que reconocerle que tanta ingenuidad, formalismo cutre y cursilería cocidos juntos sin el menor rubor, me enternecieron.
 
No fue sólo el temerario repertorio de la coral, que pasaba sin solución de continuidad del “Adeste fideles” al “We are the World” y conseguía disimular sus carencias en los momentos corales pero desafinaba tristemente en la mayor parte de las actuaciones solistas, siendo acompañada sistemáticamente por las palmas de un público entregado. No; lo mejor fueron los jóvenes actores, entre ellos un mocetón fornido, con síndrome de Down, al que habían colocado en la espalda unas alitas de algodón diminutas manifiestamente insuficientes no ya para sostenerle en vuelo sino para la más mínima levitación. Este arcángel grandullón estaba acompañado por una Virgen María pequeñita y un San José espigado que era en sí mismo un espectáculo irrepetible. No sólo dirigía y animaba a sus compañeros continuamente, sino que los corregía cuando se equivocaban en el guión. Y ordenó, entre otras cosas, que el angelote saludara el nacimiento del niño alzando el brazo derecho en un auténtico y proverbial saludo romano. Sólo faltó que cantase el “Tomorrow belongs to me”. No contento con ello, cuando el coro entonaba el Aleluya de Haendel, cogió al bebé de su camastro y lo alzó por encima de su cabeza, ante lo cual el público empezó a aplaudir rabiosamente mientras el coro se desgañitaba para que Haendel pudiera imponer sus acordes sobre la algarabía.
 
Para terminar, salieron a escena para mostrar su reconocimiento a tan magno acto todos los jerarcas implicados, desde el director del coro hasta el gobernador de Manaos. Cuando parecía que todo estaba consumado, anunciaron la salida a escena del director artístico responsable de aquella atrocidad: un mariquita barrigón con más pluma que Rubén Darío, el cual con voz sonora animó al público a ponerse en pie y cantar el “Amigos para siempre”, lógicamente en portugués, cosa que todos hicimos al unísono con resultado digno de mejor empeño.
 
 Lejos de acabar ahí la cosa, San José, la Virgen, el angelote y demás compañeros de reparto comenzaron a saludar al público con amplias reverencias, ante lo cual el estruendo de aplausos se multiplicó. A la vista de este reconocimiento público, San José no pudo contenerse más y depositó un apasionado beso en los morros de la Virgen María. Fue la apoteosis final.
 
En fin, cosas del teatro de la ópera de Manaos, el mismo en el que dicen que, en los buenos tiempos del caucho, actuó el gran Caruso…
Viernes, 16 de Diciembre de 2011 11:55

Momentos amazónicos...

Hace un rato que me he acostado en mi hamaca, a bordo, fondeados en la Ilha Camaleao en el Rio Negro. No son más de las 9’30 de la noche, pero las referencias de España (casi todas) aquí no son válidas; de hecho la tripulación del barco, en la cubierta inferior, hace un par de horas que duermen. Y desde la hamaca, con un levísimo tupido de la visión por el mosquitero, me descubro observando a Alfonso; sigue sentado en una silla en la proa, donde hasta hacía un momento habíamos estado charlando, sobre todo de música, y descubriendo él ritmos y estilos de música brasileña que escuchábamos en mi teléfono con un mini-altavoz. Manolo se había ido algo antes a su hamaca, pero desde allí (con intervalos de ‘respiración profunda’) sigue atento a lo que suena y hace algún comentario. Y ahí sigue Alfonso, totalmente concentrado y entusiasmado saltando de una canción a otra, siguiendo la letra en el teléfono, tomando notas en su libreta –que me consta repleta de nombres raros, nunca antes oídos de frutas, pescados, árboles…- y, sin saberse observado, hasta acompañando el ritmo con hombros y cabeza… Enciende un cigarrillo con fruición, con esa sensación tan agradable de iniciar la fusión de varios placeres al mismo tiempo.. Aunque se sirve de una pequeña linterna para tomar sus notas, la impresionante luz de luna que hay y que podría ser suficiente para hacerlo, me permite distinguir incluso sus gestos y, al propio tiempo, la variopinta y diversa vegetación que tiene a su espalda, en la selva. Se mezclan los sonidos de ésta con la música, baja…
 
[Después, decidí levantarme a tomar estas notas y aprovechamos para seguir la charla, y echarnos unas buenas risas antes de irnos definitivamente a dormir a la hamaca]
 
Escenas y momentos así, sinceramente, justifican por sí mismos que me haya metido en esto y me siga gustando hacerlo.
 
Manaus, Ilha Camaleao, 6 diciembre 2011
Sábado, 10 de Diciembre de 2011 20:11

Una nueva aventura...

 
Una nueva aventura...
 
Hace cuatro días que hemos llegado a Manaus, aunque la sensación comentada es que parece que llevamos aquí más de una semana. Probablemente debido a la variedad de actividades y sensaciones, con todas las (especiales) posibilidades que ofrece este entorno para el nuevo visitante: descubrir el Rio (desde tierra), su variada gastronomía, con sabrosos zumos de frutas desconocidas para aquéllos (cajú, graviola, cupuaçú...), o sus pescados de río (pirarucú, tambaquí... entre otros; en nuestra inminente expedición a la selva -salimos mañana- probablemente tendremos ocasión de degustar también alguna piraña, a ser posible de la que hayamos pescado), o visionar el impactante Teatro de la Ópera, permanente recuerdo de la época de máximo esplendor de la ciudad, a finales del Siglo XIX y principios del XX, viviendo en la abundancia (y los excesos) que propiciaban el negocio del caucho, cuando era considerada el 'París de los Trópicos'.
 
Incluso la más sencilla gestión (comprar en un Supermercado, cambiar euros, etc) aquí aparece marcada por su especial idiosincrasia y costumbres.
 
Ayer estuvimos en Presidente Figueiredo, hacia el norte y a aproximadamente una hora en coche por la carretera BR-174, famos por aquí por sus cascadas ('cachoeiras') y rápidos ('corredeiras'). Aún sigo recordando la agradable impresión que me causó e mi primera visita (en 1995) llegar a la 'Corredeira de Urubuí', con sus aguas color té, y bañarse en sus rápidos, a modo de jaccuzi natural. 
 
Nos acompañaban nuestro guía Anand y su hermano. Un auténtico experto, que conoce todos los secretos de la selva, y que además nos entretiene contándonos cosas tan interesantes como la leyenda del 'Curupira', el hombre de la selva.. o localizando unas 'goiabas araçá' (una especie de la guayaba) que nos prestó una inestimable ayuda para solucionar un inorportuno problema estomacal (léase diarrea). Son un espectáculo natural las cascadas de Iracema, o la de las Orquídeas, también con el agua color té. E impresionante cruzar el pequeño río con una 'tirolina' (por un cable, asido por un arnés) en el escenario de la comentada 'corredeira'.
 
Dadas las horas, toca ponerse a preparar la mochila para la expedición a la selva, que iniciamos esta mañana a las 8. Nos espera el río, por el que navegaremos con el que será nuestro hogar durante los próximos cinco días, en esta ocasión el barco 'Dona Tania'. Allí dormiremos en nuestras 'redes' (hamacas') en la primera cubierta, y allí comeremos, aunque probablemente -eso espero porque es una experiencia ciertamente indescriptible- durmamos una noche en la selva directamente, en las propias redes.
 
Esperamos disfrutarlos. Y contaros algo.
Manaus, 5 de diciembre de 2011
 
Martes, 19 de Octubre de 2010 13:34

Atravesando la selva amazónica...

 

El autobús se adentra, como filo de navaja, en la selva amazónica. En algunos momentos parece que ésta se va a decidir a engullirlo. Esta mañana hemos salido de Manaus sobre las 12'horas, con una pequeña mochila auxiliar con lo básico (hamaca, una muda, repelente...), con destino a ITACOATIARA, un pequeño pueblo situado en la ribera del Amazonas a algo más de doscientos kilómetros hacia el Este, en un viaje de aproximadamente cuatro horas. La idea es tomar desde allí un barco de los que vienen de Belem o Santarem, de transporte público, que nos lleve de vuelta a Manaus remontando el rio Amazonas y poder disfrutar de un amanecer o un anochecer sobre el Amazonas, durante el trayecto. No tenemos referencia fiable del horario o frecuencia de los barcos que hacen el trayecto, ni de su duración; de las gestiones realizadas en el puerto de Manaus obtuvimos respuestas tan variadas y distintas que sólo podremos saberlo experimentándolo.
 
El autobús está bien; ni es el último modelo europeo ni una cacharra antigua. Tiene aire acondicionado, lo que se agradece porque debemos rondar los cuarenta grados en el exterior. Por tanto, salvo algunas sacudidas provocadas por los baches, el viaje es apacible y te permite disfrutar del espectáculo de la Selva en los márgenes. Naturaleza en estado puro, con una frondosidad insultante y una incontable variedad de especies, de formas, de colores, que parecen librar una batalla entre ellas por llegar a la luz.
 
La poca gente que viaja en el autobús es de la zona, no hay turistas. En el camino nos detenemos en dos pueblecitos, Rio Preto da Eva y Lindoia, y aprovechamos para tomar una cerveza helada y un tentempié. Aunque poco después hace otra parada un tanto particular en la que descienden del autobús una señora y dos jóvenes: es en plena carretera, ni siquiera hay una marquesina… y en lo que alcanza nuestra vista no se percibe ni el más mínimo indicio de residencia o poblado. Carretera y, a los lados, selva. Sólo selva.
 
Llegamos a Itacoatiara un poco más tarde de lo previsto, sobre las 16’30 h. Tenemos que ir antes de nada al Puerto, para enterarnos de los horarios de los barcos. Y aquí el método más común (y barato) para desplazarse es la 'moto-taxi' (o sea, de paquete en una moto normal). No es un dechado de comodidad, con la mochila a la espalda, pero nos gusta sentir el aire en la cara y percibir los olores de la ciudad. Por algo menos de 1 euro al cambio nos llevan al Puerto, que en realidad no es más que un gran pantalán flotante –el que se ve en la foto-, para absorber la variaciones de nivel del Amazonas, que en estos momentos se encuentra a un nivel más bajo de lo normal en esta época. Este año ha llegado antes de tiempo la 'seca' o bajada del rio, dejando al descubierto riberas de arena blanca y zonas de selva hasta hace poco totalmente inundadas. La diferencia de nivel puede llegar a los 12-15 metros.
 
Vemos a un grupo de señores a la entrada del pantalán, que nos indican que el barco pasa sobre las 19'00 h, aunque también nos aconsejan estar dispuestos media hora antes.
 
Así pues, tenemos casi dos horas (en teoría) para dar una vuelta por el pueblo. Y, sobre todo, para tomarnos unas cervecitas bem geladas en una terraza sobre el Rio. No es precisamente una terraza ‘chic’, pero se compensa con las espectaculares vistas sobre el Rio Amazonas en pleno atardecer…
 
Ahora sólo falta esperar a que pase nuestro barco de las 7...
 
Manuel Babío
Itacoatiara (Amazonas), 22 septiembre 2010.